Cuenta la historia que los pueblos de la antigüedad, que estaban muy relacionados con el medio ambiente por su situación geográfica, veían en el delfín un animal muy singular por su sociabilidad con el hombre, y pensaban incluso que habían sido enviados por los dioses para ayudar al hombre y transmitirle algún tipo de ejemplo o enseñanza.
Era el filósofo griego Plutarco escribió: “Los caballos y los perros que hemos domesticado se han vuelto nuestros familiares sólo porque los alimentamos. El delfín es el único animal cuya amistad es desinteresada: él simplemente quiere ayudar al hombre”.
Son numerosos los relatos que hablan de la relación que desde tiempos remotos ha existido entre los hombres y los delfines.
El propio santuario de Delfos, en Grecia, y sus misterios inherentes debían el nombre a este animal sagrado. Los cretenses creían que las almas de sus difuntos partían hacia la Isla de la Bienaventuranza a lomos de delfines. En África se han descubierto petroglifos de hombres nadando entre cetáceos. En un monte próximo al golfo de Corinto, el dios Apolo aparece como un delfín. Eros y Afrodita aparecen a menudo montando delfines, y Telémaco, el hijo de Ulises, fue salvado por un delfín.
De Plinio, El viejo, nos llega la historia de la amistad surgida entre un niño y un delfín. Todos los días se encontraban en la orilla del Lago Lucrino. El niño montaba sobre él y llegaba hasta la otra orilla, donde estaba la escuela. Un día, el pequeño enfermó, y cuando estaba a punto de morir, el delfín acudió a visitarlo antes de sumirse en una profunda tristeza. Semejante afirmación, basada en cientos de relatos de náufragos empujados hacia las costas por cetáceos amigables, no podía menos que reforzar un mito muy en boga por aquellos días: los delfines serían seres humanos que adoptaron la forma de peces. Eso explicaba por qué el delfín se batía a duelo con los tiburones para proteger a un nadador, o por qué ayudaba a los navegantes perdidos a encontrar el rumbo: supuestamente su solidaridad hacia el hombre le era dictada por su propia naturaleza humana. Pelorus Jack. Existe en Nueva Zelandia un estrecho muy peligroso, para el navegante, donde a lo largo de los años, se han producido muchos naufragios. Un día apareció delante de un barco que se disponía a iniciar un difícil tramo, un delfín que saltaba ante la proa, avanzaba y luego retrocedía, como invitando a los marinos a seguirlo. Estos lo hicieron y el delfín los guío por el estrecho hasta dejarlos del otro lado y fuera de peligro. Entonces dio otros saltos ante el barco y después se alejo nadando velozmente. Desde entonces, cada vez que un barco llegaba a la boca del estrecho, el delfín aparecía y los conducía a la salida por lugares seguros. Se hizo famoso, y muy querido, entre los marinos, quienes lo llamaron, Pelorus Jack. Conociendo las bondades del Delfín, lo hemos adoptado como un miembro más de la Familia Cartagüeña de Aseo, es por esta razón que nuestra mascota institucional será el Delfín, el se encargará de ser el puente entre la empresa y nuestros principales aliados estratégicos “Los Niños”, se convertirá en su mejor amigo gracias a sus amplias y afortunadas cualidades.